Mis inicios como taquígrafo parlamentario
Recuerdo aquel 1 de abril de 1997 como si fuera ayer. Tenía 21 años y me encontraba en la Legislatura de Tucumán, taquigrafiando el mensaje del gobernador durante la sesión inaugural del período ordinario. Era apenas mi primer año en el cuerpo de taquígrafos y todavía llevaba conmigo la incertidumbre de quien empieza a descubrir su destino.
En esta foto se me ve escribiendo sin prótesis cosmética en el antebrazo, mientras la ausencia del pie izquierdo —que intentaba suplir con una prótesis Syme convencional— y las dificultades en todos los dedos de la mano derecha —con la que escribía—, conformaban la realidad de mis limitaciones. Sin embargo, allí estaba, decidido a que nada me impidiera cumplir con mi vocación. Esta imagen revela la verdad de mis comienzos: mi voluntad enfrentando la tarea con lo que tenía.
Por entonces, mi inseparable compañero era un lápiz de doble punta, siempre afilado con esmero en ambos extremos. En mis años de formación en Academias Pitman (1993 y 1994), y más tarde ya diplomado, solía acudir a la prestigiosa librería “Schicri Mulki”, donde compraba docenas de lápices y cuadernos para ejercitar —durante largas y silenciosas horas— la exactitud y la velocidad que exige la escritura taquigráfica, procurando mantener la fidelidad y la claridad de los signos.
Recuerdo también cómo trabajaba durante una sesión: tomaba la versión taquigráfica en el Recinto de Sesiones —ubicado en la planta baja del antiguo edificio de la Legislatura, sito en calle Virgen de la Merced 25— y luego debía subir por la extensa escalera hasta el cuerpo de taquígrafos en el primer piso para traducir mis notas. Ese trayecto físico era también un símbolo: cada escalón representaba el esfuerzo de transformar la dificultad en posibilidad, la limitación en camino.
Hoy, al mirar esta fotografía, siento que guarda un valor especial: es el testimonio de que la vocación y el esfuerzo pueden más que cualquier obstáculo. Me reconozco en aquel joven que, entre lápices y cuadernos, empezaba a escribir no solo las palabras de otros, sino también la historia de su propia vida.
Esa misma vocación, nacida entre lápices y cuadernos, continúa hoy en otros espacios creados por Martín Córdoba, dedicados a la taquigrafía en sus dimensiones técnica, educativa, histórica y artística: La Taquigrafía, Caligrafía Taquigráfica, Shorthand Calligraphy (inglés), Calligraphie Sténographique (francés), A Caligrafia Taquigráfica (portugués), Kalligraphische Stenografie (alemán) y Calligrafia Tachigrafica (italiano).
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